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Uno de los escritores más importantes de nuestra literatura ya usaba la marihuana con fines terapéuticos a principios del siglo XX, cuando su uso era legal en nuestro país. Se trata de Ramón María Valle-Inclán. El autor de Luces de Bohemia y Tirano Banderas consumía cannabis para aliviar los dolores que le producía un papiloma que tenía en la vejiga.
Mirar una fotografía de Ramón María Valle-Inclán en la actualidad es como mirar una imagen de lo que hoy conocemos como un hipster. Barba larga, anteojos redondos, boina, vestimentas cuidadas, pelo rapado o melena larga, según el momento… La bohemia literaria española estaba en todo lo suyo cuando el escritor modernista era joven. Pío Baroja, Rubén Darío y Manuel Machado pertenecieron también a este movimiento durante su etapa juvenil.
Sin embargo, en contra de lo que suele contarse en todas sus biografías, parece que hasta en sus primeros años el literato se caracterizó por ser un viejoven, pues huía del desorden de la vida bohemia y era más proclive a la rectitud y la disciplina. Este dramaturgo, poeta y novelista detestaba las etiqueta y las modas, en general. Lo contaba su nieto, Joaquim Valle-Inclán, en una biografía publicada este año, coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento, Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno. Lejos de la vida caótica, marginada y llena de hábitos inmorales, Valle Inclán era, según su nieto, “un dandi, un tradicionalista, una persona de orden”. Aunque no le sobrara el dinero, le gustaba vivir bien.
Parece que la mayoría de las cosas que los biógrafos nos han contado hasta la actualidad de Valle Inclán son falsas o, al menos, no están contrastadas. No fue de izquierdas siempre, ya que tuvo un episodio carlista, aunque se acercó al anarquismo y apoyó la II República. No era ateo, sino religioso. No era pobre, sino que su nivel de vida estaba por encima del de los madrileños de la época. Y no era un demonizador de las sustancias psicoactivas, sino que, según su nieto, comenzó a consumir cáñamo índico, también conocido como hachís, en 1908. Lo dejó en 1926.
Valle tomaba cannabis por prescripción médica, debido a que tenía papilomas en la vejiga, que le producían dolores, y solía consumirlo fumado o en píldoras. Comenzó su consumo de manera medicinal y, sin embargo, pronto usaría la planta para experimentar con su literatura. Y es que, al igual que Baudelaire, Ramón María experimentaba con su cuerpo y con la tolerancia de este al dolor. Según leemos en un artículo de Marta Herrero Gil, publicado en el Centro Virtual Cervantes, “Valle-Inclán era más un asceta que un adicto. Soñaba con convertirse en faquir. Buscaba el dolor para palpar lo real, apenas ingería alimentos sólidos, era capaz de beber café ardiendo, rechazaba la anestesia en las operaciones quirúrgicas. Y fumaba hachís. No por evasión, sino por búsqueda. No por, como dijera Baudelaire, querer alcanzar sin esfuerzo las bellas experiencias de los místicos, sino porque el hachís se le había puesto delante, sin más. No por moral ni contramoral. Él era un excéntrico en camino hacia el centro. De sí. Del ser. Y el cannabis, que probó inicialmente por consejo médico, se volvió eventual escudero”.
Si nos centramos en su obra literaria, destaca especialmente la influencia del cannabis en libros como La pipa de kif, La lámpara maravillosa o Ejercicios espirituales. En 1910 dio en Buenos Aires una conferencia titulada “Los excitantes en la literatura”. En esta participación en público contó a su aforo lo que experimentaba al consumirla, amparándose en su uso medicinal. Aunque al final, parece que Valle-Inclán abandonó el cannabis por su faceta mística. Al principio usaba la planta para llegar al éxtasis, pero luego llegó a alcanzarlo mediante la contemplación. Se lo cuenta a su amigo Corpus Barga en una carta de 1917. “Aquí no llegan periódicos, y yo nada hago porque lleguen. Vivo en el mejor de los mundos ignorándolo todo [.] He vuelto a tener algunos éxtasis, y sin la ayuda del cáñamo índico que he abandonado por completo. Tendido en el campo o frente al mar, llego a la imantación con todas las cosas del Universo”.
2016 es el año que pasará al recuerdo por ser la fecha en la que las obras de Valle-Inclán y García Lorca pasan a ser de dominio público. Esto significa que cualquiera puede reproducir, distribuir, transmitir o transformar estas obras sin tener la obligación de pedir permiso a sus herederos, ni, por supuesto, pagar a nadie. Aprovechamos para compartir los versos más cannábicos de Valle-Inclán en La pipa de kif (1919).